LA MUNDOTECA PERDIDA

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El Sueltacuentos fue un misterioso mago errante. Se dice que escuchó historias extraordinarias de cada rincón de Alfábula y las transcribió en su biblioteca.

Pero un día, hechizó sus libros, los hizo volar y los soltó al viento para que viajaran libres por todo el mundo.

Hoy esos cuentos buscan lectores que aún crean en la magia. Y que se dejen guiar por su corazón hacia la aventura.

¿Serás tú uno de ellos?

I

En algún lugar de Alfábula, Taria buscaba con su pequeña mano entre las hojas húmedas y el suelo cubierto de musgo, sintiendo cómo el aire frío de las Ruinas del Lago Tiritón le hacía cosquillas en la piel. Las piedras antiguas y las sombras de los árboles parecían rodearla con un silencio lleno de secretos. Las leyendas de Ciudad Hormiga contaban que allí se libró una gran batalla, pero ya no quedaba nada de aquello. Solo un lago seco y unos edificios de piedra derruidos, junto a huesos de algunos monstruos casi deshechos y convertidos en un recuerdo.

De pronto, los dedos de Taria tropezaron con algo distinto, algo sólido y áspero. Al apartar con cuidado las hojas, encontró un libro azul con un ribete dorado, o eso parecía a simple vista. Era como si aquel objeto extraño y brillante hubiera estado esperando solo a ella.

Los adultos siempre hablaban de esos antiguos artefactos que, según decían, podían llevar a sus lectores a otros mundos, a lugares que nadie podría imaginar jamás. Ni siquiera los Vistillos, la tecnología que en aquel momento todos usaban, eran capaces de mostrar. Por eso, los niños y jóvenes se conformaban con ver a través del cristal de sus Vistillos, observando lo que otros transmitían desde los lugares más lejanos del mundo.

—¿Qué es esto? —preguntó Taria, con los ojos muy abiertos, mientras levantaba el libro con ambas manos. El peso era mayor de lo que esperaba, y casi la hizo caer hacia atrás, pero no soltó el tesoro que había descubierto. Sintió una emoción intensa, un cosquilleo que le recorrió el cuerpo, como si dentro de ella se encendiera una chispa que nunca había sentido antes.

Con manos temblorosas, abrió el libro y, para su sorpresa, encontró una serie de símbolos extraños y desconocidos. No lograba comprenderlos, pero esos misteriosos trazos parecían hablarle en un idioma secreto, invitándola a descifrarlo. Más adelante, en las páginas encontró dibujos llenos de vida: una mujer con un precioso turbante y una armadura brillante, enfrentándose a todo tipo de criaturas monstruosas con su báculo mágico. Aquella figura, tan fuerte y valiente, le transmitía una conexión inexplicable, como si esa historia le hablara directamente a ella.

Taria pasó las páginas e imaginó la historia de aquella heroína. Seguro que había crecido en un sitio similar a Ciudad Hormiga, como ella, pero que, en algún momento de su vida, dejó trás todos sus miedos y decidió ir a recorrer el mundo en busca de aventuras. Igual que ella. Cuando quiso darse cuenta, parecía que llevaba horas con las manos enredadas en su pelo rojizo y los dibujos en su cabeza, como pájaros.

A lo lejos, Bareen apareció en la entrada del bosque y gritó: —¡Taria! ¿Dónde estabas?" Hace rato que no vienes. Nos hemos cansado incluso de los Vistillos.

Los Vistillos eran artefactos formados por una lámina de cristal que podía tocarse y, cuando se tocaba, brillaban y se encendían. Estaban conectados entre ellos, solo deslizando hacia abajo se podía ver cualquier cosa que alguien con un Vistillo estuviera retransmitiendo en ese momento en todo el mundo.

Entonces Taria se dio cuenta. Hacía mucho tiempo, una eternidad que había ido a buscar el zapato de Bareen entre la maleza. Y lo había encontrado, pero lo dejó descansar de los pies huecos de Bareen, aunque solo fuera un rato.

Bareen se acercaba y Taria escondió el libro en un arbusto a sus pies. Cogió el zapato y corrió hacia su amiga dándose, sin querer, golpecitos en el vestido verde agua que llevaba.

— Procura, Bareen, que Ursca no lo lance otra vez hacia el bosque. Es un lugar peligroso — le advirtió Taria.

— No eres mi madre, Tari. Lo que te pasa es que quieres que Ursca tire tu zapato al bosque también — le regañó. Pero Ursca no era como Vain, al que conocía de siempre.

Quizá no fueran tan amigas. Taria le dio el zapato y se excusó por tener que volver a casa, porque se sentía muy indispuesta (eso era verdad) por su delicado estómago (eso no era tan verdad). Pensó en que allí estaría y su madre. Y su padre, como siempre, no estaría. Esperó a que Bareen volviera con el creído tirazapatos de Ursca, abrazó el libro y corrió hacia Ciudad Hormiga, dejando atrás las Ruinas del Lago Tiritón.

II

Desde que llegó a Ciudad Hormiga hacía ya casi 30 años, la Brujeniera no había estado tan ocupada. Y mira que había tenido trabajo, porque nadie más inventó los aparatos mecánicos que había inventado ella. Y, además, para todo tipo de tareas: para construir, para desplazarse, para sembrar el campo, para cazar en la montaña o incluso para oír mejor. La vida había dado un giro espectacular desde que se instaló allí, y todo por su sed insaciable de conocer cómo funcionaban las cosas y buscarles una solución para que funcionaran aún mejor.

La Brujeniera se movía en su taller como un pequeño elefante en una madriguera llena de comida para el invierno. Todo lo tiraba, todo lo rebuscaba, todo hacía ruido de metal.

— ¿Ande estará? — gruñía.

A su lado, su servicial ayudante automático Ferrín, un pequeño androide de brazos largos, y una pieza en la cabeza con forma de sombrero de copa, le daba una extraña llave metálica.

— So no es, Ferrín. Mira que… — la Brujeniera se limpió las manos de grasa en su mono de trabajo grisáceo, más cerca del negro que del gris, y se puso las gafas telemétricas, las de buscar: unas enormes, con varias lentes para cada ojo, con las que podía ver algo lejano muy cerca — ¡Acá está!

Metió la mano entre un montón de herramientas y sacó una extraña garrafa pequeña con forma piramidal. Era de cristal y en su interior se podía ver un líquido viscoso y marroncino. El hallazgo la tranquilizó, porque por un momento se imaginó al pobre Ferrín sin ese líquido y no le hizo ninguna gracia.

— ¡Ferrín! ¡Ven paquí! — gritó la Brujeniera. Ferrín brotó de entre las piezas que reptaban en el suelo con la llave en la mano. Hizo un gesto de “A ver Brujeniera, antes de echarme el aceite que permite que me mueva, necesita usted esta llave para abrir el nuevo depósito, ¿recuerda que me lo instaló?” o algo así.

La Brujeniera buscó el orificio en el que echar el combustible, pero rápido recordó el nuevo depósito. Últimamente se le olvidaban muchas cosas, como dónde había puesto el combustible. Cogió la llave que le ofrecía Ferrín, abrió el depósito y echó el combustible.

Ferrín tenía cara de “Gracias Brujeniera por no dejar que me seque quedándome quieto. Mmm es combustible de segunda, pero servirá, so tacaña” o algo así. La Brujeniera no recordaba dónde había comprado el combustible.

— Eres más espabilao… — y le acarició su cara como si fuera un humano — ¡Ánimo Ferrín, ya acabamos casi la jorná!

Los primeros habitantes de Ciudad Hormiga llamaron así a la Brujeniera porque sus cachivaches, cacharros, trastos y Vistillos parecían mágicos. Y de la magia solo saben las brujas. Aquello le gustaba, porque solo había una Brujeniera.

— Ara toca ir al mercau a por el engranaje del siete de la señora Murse, ¡ale! — cogió a Ferrín de su pescuezo de hierro y en menos que canta un reloj, cerró el taller y salió disparada por la puerta con las gafas telemétricas y los patines de viento puestos.

III

Vain visitaba el Mercado Técnico de Ciudad Hormiga, donde los aprendices de la Brujeniera arreglaban todo tipo de artilugios, chirimbolos y aparatos a cambio de unos tuerquiles que les dieran para comprar comida y lavar sus cosas. Él bien sabía lo que era lavar sus propias cosas, porque en su casa no había nadie más. Sus enormes guantes, su camiseta de tirantes blanca y su gorra bien necesitaban uno de esos lavados.

Mientras intentaba salir del puesto principal deslizándose entre los adultos, vio a lo lejos una chica muy conocida. No mucho, pero lo suficiente para saber quién era, aunque no lo bastante para adivinar por qué corría de aquella manera tan extravagante.

El vestido verde le quedaba grande y el largo pelo rojo le ondeaba como un chorro de arena caliente.

— ¿Por qué no se da golpecitos en el vestido? — dijo Vain, casi en silencio.

Hacía todo tipo de ruidos al pisar el empedrado y esquivaba los androides y las chatarras como una equilibrista. Como una equilibrista… que no lo fuera aún. Chocaba con todo lo que se le pusiera delante de aquellos pies planos y sus botas llenas de barro seco.

Al llegar delante de Vain y verle la cara de querer escapar de allí, Taria desabrazó el libro y lo levantó como un juguete. Todas las máquinas, los adultos y demás seres decepcionados por el trato recibido por parte de las botas de Taria, que pisaron todo lo posible, posaron sus ojos en ella solo para encontrarse el libro azul de ribete dorado.

En aquel momento, se detuvo el tiempo. Después, los adultos siguieron con sus importantísimas cosas de adultos para hacer funcionar la sociedad.

— ¿A que no sabes qué es este maravilloso objeto, Vaincito? — la mirada de Taria brillaba.

— Nop, ni idea — respondió Vain, sujetándose la bolsa llena de piezas para las máquinas de su casa — tampoco…

— Silencio, Vaincito — Taria le tapó la cara con la mano — Tienes que saber que lo que deslumbra a tus ojos es una reliquia perdida de hace mucho tiempo atrás. Algunos dicen que no existieron jamás. Vain se arrepentía de haber preguntado. Taria continuó:

— Dicen que alguna vez hubo un lugar con cientos, millones, quintullones, catetrallones de estos objetos. Que te transportaban a otros mundos en su interior. ¿Una libroteca? Sería mucho mejor que los Vistillos — Taria abrió el libro y se lo enseñó a Vain.

— Y… — dijo el chico, acariciando la preciosa página con su mano — ¿cuántos tuerquiles nos darían por él?

IV

La Brujeniera había parado cerca del Mercado Técnico porque Ferrín, aunque no lo pareciera, estaba mareado por la carrera en patines de viento.

— Sí que techo bueno, Ferrín. Te mareas como los personajes — dijo, riéndose.

Ferrín tenía cara de “no le contesto porque solo con mirarle las gafas echaré hasta la primera gota de combustible. ¿Quién construye un androide que pueda marearse?”

De repente, una joven con el pelo de fuego y el vestido de primavera pasó corriendo a su lado, como un potrillo aprendiendo a galopar. Ni siquiera se detuvo a disculparse cuando la Brujeniera estaba levantando su enorme cuerpo del suelo. Bajo el mono, tenía la piel con la forma del empedrado.

— Será atolondrá la niñata — suspiró y se sacudió el mono de trabajo. Por suerte, estaba igual de sucio que siempre y eso la reconfortaba un poco — Eso no sace. Amos, Ferrín.

Ferrín no quería ir. Entonces, la Brujeniera activó sus patines de viento y, con un agarrón, se llevó a Ferrín detrás de la muchacha. De un solo vientazo, casi se comen a la pequeña. Por suerte para todos y sobre todo para Ferrín, la Brujeniera supo pararse sin chocar. Pero sí hubo algo que la chocó. Desactivó los patines y se quitó las gafas telemétricas. No podía ser cierto. Seguro que la caída le había provocado un sueño. Era imposible. La joven alzaba entre sus manos...

CONTINUARÁ...